CARTAS AL DIGITALPORTADA

Lo que se esconde detrás de un uniforme de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad

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Cartas al digital

Como cada domingo acudo a la que fue mi casa a comer; Nos sentamos, y entre charlas, las noticias en la televisión. De repente, silencio, nuestros ojos se dirigen a las imágenes que se emiten… Protestas en Barcelona (Hasel), ¡manifestaciones, escaparates rotos, saqueos… grandes multitudes! Varios policías se quedan solos, huyen, pero algunos manifestantes consiguen rodearlos. En ese momento, una policía cae al suelo en la huida, le tiran todo tipo de objetos, la golpean con una señal de tráfico, el silencio invade la noticia y se llegan a escuchar los gritos de ella en el suelo.

Mi mente se paraliza. Vuelvo 20 años atrás y recuerdo a mi madre llorar en la cocina mientras nos preparaba la comida. El teléfono ha sonado y logro escuchar algo sobre un aviso de bomba, pero no entiendo que significa, tan solo tengo 9 años. Mi hermano que es más mayor pregunta a mi madre: «¿No esperamos a papá para comer? No hijo, no se a que hora llegará papá, comeremos nosotros, (explicaba mamá con los ojos humedecidos), no te preocupes por papá.”

Un sin fin de días así

Las noticias anuncian atentados y el miedo recorre el cuerpo de mi madre cada vez que papá se pone el uniforme, un beso en la mejilla a cada niño antes de salir y un abrazo de aliento a mi madre, entre un: «No te preocupes cariño, cuando menos te lo esperes estoy aquí».

Recuerdo cómo mi padre siempre nos decía que no abriéramos el buzón, incluso a veces cuando nos íbamos algún sitio, con un gesto de complicidad a mi madre, esperábamos en el portal por precaución. Yo no lograba entender el por qué, pero con el tiempo me enteré que mi padre tenía que mirar debajo del coche para comprobar que no había nada y así podernos montar.

Sigo hurgando en mi memoria y sollozo al recordar cuando me decían en el instituto la chivata (la hija de un madero), apenas podía ni hablar; Y es que sigo recordando muchos más datos de mi niñez, como por ejemplo que mi madre no podía tender el uniforme de mi padre en la terraza.

Sigo siendo una niña, sigo sin entender

Mi padre casi nunca salía vestido de casa. Recuerdo el odio en la mirada de la gente, como si de un delincuente se tratara, sin embargo, no era la misma mirada a los delincuentes del barrio que vendían droga desde la ventana. Éstos parecían héroes. Para ellos no había miradas de odio sino risas y halagos. Llegué a comprender con el paso del tiempo que el dinero fácil es lo que gana.

Tardé un tiempo en entenderlo; tardé tiempo en darme cuenta de por qué mi padre no quería que le dijéramos a nadie a lo que él se dedicaba; de por qué no quería que mi hermano que tanto ansiaba ser como él siguiera sus pasos. Para su hijo quería una carrera donde valoraran su esfuerzo, su vida no corriera peligro y, además, le respetaran.

Despierto de este lapsus, miro hacia un lado, sonrío y las lágrimas me resbalan. Ahí está con sus cabellos grises, 45 años de servicio lo avalan. Ahora lo entiendo todo y me siento afortunada, pues él sí lo consiguió. Él fue uno de los que llego sano y salvo a casa.

Ahora intento disfrutar cada minuto de los que no pude en mi niñez junto a mi padre, aunque la preocupación en casa persiste, pues la vocación existe y fue mi hermano quién siguió sus pasos. Y aunque me siento muy orgullosa de la profesión de mi padre y mi hermano, también siento pena. Me sigo cuestionando qué tiene de malo elegir ese uniforme para que muchos sientan rechazo.

Quizás este relato no llegue nunca a nadie, y quizás nadie lo llegue a leer, pero me gustaría que alguien me explicara por qué este mundo está tan del revés.

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